Cuando el “Lobo del aire” cayó en picada: el éxito que su propia estrella se ocupó de sepultar

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uchas series quedaron asociadas a la importancia de sus vehículos estrella. El General Lee, el auto fantástico y la característica camioneta negra de Brigada A son solo algunos ejemplos de eso. Pero ninguno tuvo la fama del Lobo del aire, el famoso helicóptero que fue emblema de una de las sagas más populares de comienzos de los ochenta.

La televisión siempre está atenta a las modas, o al menos eso sucedía en los ochenta. El éxito de una ficción podía disparar una verdadera oleada de títulos similares dispuestos a explotar las tendencias del momento; no importaba la calidad, sino la velocidad con la que una ficción podía ser producida. Y esa fue la lógica que dio pie a Lobo del aire. En 1983 llegó a los cines una película titulada Blue Thunder, cuya trama giraba alrededor de un sofisticado helicóptero. El film se convirtió en un batacazo inesperado y de golpe, el público estaba ávido de historias centradas en esas aeronaves. En la pantalla chica tomaron nota de eso, y así fue como en enero de 1984 vieron la luz no una, sino tres series dedicadas al mundo de los helicópteros.

El creador de Lobo del aire era un conocido guionista y productor televisivo llamado Donald Bellisario. En Magnum P.I., otro de los shows que coordinaba, aparecía en un episodio titulado “Two Birds of a Feather”, un veterano de la guerra de Vietnam que era dueño de un helicóptero con el que vivía distintas aventuras. Para Bellisario, ese personaje tenía muchísimo potencial, e intentó lanzar un spin off que la cadena CBS rechazó.

La idea de un título centrado en un héroe que transitaba todo tipo de hazañas en el aire no era nueva, y el productor ya la había explorado en la recordada Los cuentos del mono de oro, una gran serie cancelada con apenas una temporada en su haber, emitida entre 1982 y 1983. Por ese motivo, el éxito de Blue Thunder fue la excusa ideal para reflotar ese ambicioso proyecto que ya no era un spin off de Magnum P.I., sino una idea completamente nueva.

Un show familiar, a la fuerza

Sin ánimo de dejar el guion en manos de nadie, Bellisario comenzó a escribir el proyecto de Lobo del aire. El protagonista de la trama era Stringfellow Hawke, un veterano de Vietnam al que una rama de la CIA, conocida como La Firma, lo contrataba para recuperar un sofisticado helicóptero de guerra, dotado con la tecnología más avanzada disponible. Hawke logra con éxito la misión, pero decide que no devolverá el vehículo, en la medida que la CIA no colabore en la búsqueda de su hermano, un soldado desaparecido. El héroe se queda entonces con el helicóptero, y acepta embarcarse en las misiones que le asignen, en la medida que lo ayuden a dar con el paradero de su familiar.

En cada uno de sus casos, Stringfellow contará con la ayuda de Dominic Santini, una suerte de figura paterna que lo acompañará en todas sus hazañas. Lobo del aire no era una historia para toda la familia, sino un título destinado a los amantes de la acción. La violencia era uno de los mayores ingredientes, y el protagonista no dejaba de mostrarse atormentado ante la pesadilla que su hermano podía estar atravesando como rehén de guerra.

Para el papel de Stringfellow, pronto apareció en escena Jan-Michael Vincent. El actor tenía una notable trayectoria a sus espaldas, con pequeñas participaciones en Lassie, Bonanza, Dragnet y Gunsmoke, y en cine había actuado junto a Robert Mitchum, Charles Bronson y Burt Reynolds. El estilo de Vincent era perfecto para el taciturno héroe creado por Bellisario, principalmente porque el propio actor atravesaba conflictos internos que en alguna medida, coincidían con el adusto porte de su personaje. Durante muchos años, Jan-Michael lidió con su adicción al alcohol, algo que atentaba contra su propia carrera. En una entrevista de la época, Bellisario recordó que le preguntó por qué estaba ebrio durante horas, aún en los momentos del rodaje, y la respuesta de la estrella fue: “Siempre fui un borracho, y eso es todo lo que quiero ser”. Para el actor, el alcoholismo no era algo nuevo, ya que su padre y su abuelo habían sufrido la misma enfermedad.

El carisma de Jan-Michael Vincent cautivó a la audiencia, y el éxito de Lobo del aire llegó a convertirlo en el actor mejor pago de la televisión, cobrando la elevada suma de doscientos mil dólares por episodio. De hecho, el veterano Ernest Borgnine (que interpretaba a Dominic Santini) llegó a confesar su admiración por el método con el que Vincent estudiaba los libretos, a los que les alcanzaba con leer una vez para memorizarlos. Sin lugar a dudas, Jan- Michael Vincent fue una de las dos grandes figuras de la serie; la otra, como es sabido, era justamente el Lobo del aire.

Una estrella aérea

En gran medida, el principal atractivo del programa eran las secuencias protagonizadas por el Lobo del aire, el helicóptero con el que Stringfellow ganaba cada una de sus batallas. Para construir el vehículo, el equipo adquirió un Bell- 222, un modelo sin demasiadas particularidades ni en su diseño ni en sus prestaciones. Decorarlo con numerosos trucos de utilería para que luciera como un tanque de guerra aéreo, fue el gran desafío de los especialistas. Para el equipo de filmación, los planos con el helicóptero suponían un dolor de cabeza, y requería mucha creatividad simular las arriesgadas maniobras que desde luego, el vehículo no podía realizar. Por ese motivo, los elevados costos de producción en buena medida tenían que ver con las escenas de acción y los efectos que demandaban.

Como era de esperar, el Lobo del aire se convirtió en un vehículo que todos los niños querían tener en sus casas. El merchandising del show se convirtió en uno de los más solicitados en las jugueterías, hubo video juegos basados en la serie, y los helicópteros fueron protagonistas de una breve moda. Por su parte, el verdadero Lobo tuvo un destino mucho menos glamoroso: al finalizar la producción, fue comprado por una compañía alemana de salud que lo utilizaba como ambulancia aérea, hasta que en 1992 el vehículo se estrelló, en un accidente en el que murieron las tres personas que iban a bordo.

Del éxito al abismo

La primera temporada de Lobo del aire, emitida entre enero y abril de 1984, fue un éxito. El rating era inmejorable y sin lugar a dudas, era uno de los hits del momento. Muchas de las historias eran de espionaje, y el tono era marcadamente oscuro, como tanto le gustaba a su creador, Don Bellisario. Pero de cara al comienzo del segundo año, CBS exigió un cambio de registro, y le pidió al guionista que el show fuera más familiar, con aventuras menos complejas y un humor que pudiera atraer a los más pequeños. Con ese fin, se incorporó a la acción Caitlin O´Shannessy (Jean Bruce Scott) como la nueva heroína del equipo.

Bellisario no se sentía muy cómodo con los cambios pedidos, que a fin de cuentas, tampoco sirvieron para elevar el rating. Por ese motivo, con el final de la segunda temporada en abril de 1985, el creador de la serie renunció. Lobo del aire continuó una temporada más, pero los problemas aumentaron. El número de televidentes comenzó a disminuir, el tono familiar no terminaba de convencer a los fans, los costos de producción volaban más alto que el helicóptero protagonista, y Jan-Michael Vicent tenía una conducta más y más errática. De esa manera, y con solo 55 episodios emitidos, Lobo del aire llegó a su final de modo prematuro. Pero no sin antes pasar por un experimento que hoy, afortunadamente, pocos recuerdan.

El canal USA Network confiaba en que Lobo del aire podía relanzarse, y puso en marcha una cuarta temporada cuya historia comenzaba con la llegada de John Hawke (Barry Van Dyke), el hermano perdido de Stringfellow. El protagonista de la serie aparecía solo en el primer episodio, para pasarle la antorcha a su hermano, quien se convertía en la nueva figura central. Con un presupuesto muy bajo, escenas del helicóptero recicladas de los episodios originales y tramas notablemente pobres, el nuevo Lobo del aire duró apenas una temporada, que concluyó en agosto de 1987.

De ese modo llegó a su final un título que aún hoy, es recordada como uno de los mayores símbolos televisivos de los ochenta, que entre muchas cosas, dejó como legado uno de los temas de apertura más pegadizos en la historia de la pantalla chica.

Fuente: LaNación